viernes, 11 de marzo de 2011

Cuando aún no ha nacido el sol,
cuando la luna apenas opaca su lucidez, 
estando a la orilla de una montaña,
viendo un suave y anaranjado amanecer.
Ahi donde la expresión de mis sentidos
pueda explotar con un amplio eco tras los árboles.
Quiero que muerdas mis labios 
y me hagas parte de ésta naturaleza,
de tu naturaleza.
Que el roce de tus manos con mis pechos, 
sea la suavidad en contra de la aspereza del árbol tras mi espalda.
Que tus piernas se entrecrucen con las mías,
que el viento acaricie mi rostro,
llevando en el un susurro de tu esencia,
a cada parte de mi cuerpo.
Pasas tus calidos dedos entre mi cintura,
dejando huella,
continuando por mi vientre, 
tomando mis caderas y acercandome dulcemente.
Y cuando el sol comience a destellar, 
ilumine nuestro pacto con lienzos de oro,
que cegan al tiempo y lo hacen nada.
Como una perdida de espacio y precisión,
cuando nuestra órbita ha desaparecido,
y nadie existe.
Donde la claridad de nuestro deseo 
nos hace escuchar ese sonido del silencio,
de completo sociego.
Olvidando todo lo que pudimos haber sido,
lo que estamos siendo,
y lo que seremos.
Dos amantes locos y apasionados,
que descubren los sentidos que emana un sencillo amanecer,
prisioneros de sus propias pasiones,
confinados el uno al otro,
cerrando los ojos mientras la tierra graba una historia,
única frente a tantas.

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